Episodio 3 – Usuarios al ataque: entre la libre expresión y ser cancelados.

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Hay un viejo proverbio chino que enuncia: “A veces puedes aplastar a una persona con el peso de tu lengua”. Pero, ¿Qué pasa si además a una expresión le hacemos campaña por redes sociales?

Personas que hablan sin intención de escuchar, usuarios bloqueados, boicots en Twitter, grietas y bandos.

En este episodio vamos a hablar del fenómeno que algunos llaman “𝙘𝙪𝙡𝙩𝙪𝙧𝙖 𝙙𝙚 𝙡𝙖 𝙘𝙖𝙣𝙘𝙚𝙡𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣” y que puede traer serios conflictos, adoctrinamiento o riesgo a salir dañado, incluso en una sociedad democrática.

LIBERTAD DE EXPRESIÓN Y DERECHO A DAÑAR

Toda persona involucrada o familiarizada con las ciencias sociales se regodea y le brillan los ojos cuando escucha, al tiempo que enfáticamente acuerda, que la esfera pública es aquel lugar en donde todos son vistos y oídos. En ese momento de éxtasis poco importa que tan acertada sea la reconstrucción que Hannah Arendt hace de la democracia ateniense, lo relevante es que la frase nos pone en pie de igualdad. Dicho de otra forma: en las democracias nadie es jefe moral de nadie, todos contamos por igual.

Hablar y ser escuchados parece una regla práctica contundente, simple y eficaz siempre y cuando lo inverso también ocurra: que cuando hablan, escuchamos. Aun en un mundo ideal donde esto ocurra, lejos de resultar una actividad inocua, encierra un peligro descomunal: cuando hablamos corremos el riesgo de dañar a otros, cuando escuchamos, por otra parte, podemos salir heridos. No hace falta ir al extremo sartreano de afirmar que “hay momentos en que las palabras tienen más filo que la cuchilla de los asesinos”, basta asumir que las palabras no se pueden deshacer. Si usted lo prefiere: “en el principio era el Verbo” (Verbum, Logos, Palabra). Popularmente, lo dicho, dicho está.

Afirmado lo anterior, emerge una verdad: solamente hablando resulta posible lastimar a otro, únicamente escuchando aparece la posibilidad de salir dañado. Así, la libertad de expresión sólo resulta posible si asumimos el derecho a dañar. Sólo así resulta posible un mundo entre desiguales. Es más, el único mundo que puede crecer y habitarse entre desiguales es el que resulta de asumir el riesgo de dañar a otros y ser dañados por otros.

La conversación pública, piedra basal de la democracia, se desarrolla de manera álgida, enlodada y, muchas veces, truculenta, pero representa el mejor sustituto que supimos construir de aquella situación ideal. La conversación pública, aún bajo la modalidad más imperfecta, no puede caer bajo la tentación de ser clausurada o modulada so pretexto del peligro inminente del daño. Y no podemos caer en esa situación, al menos por dos razones.

Aun suponiendo que el “hablante” tuviera la intención manifiesta de dañar a otros, no tendríamos evidencia intersubjetivamente compartida y validada para demostrar ese asunto. Y al revés: poniéndonos en el rol de hipotético escucha no hay forma de establecer intersubjetivamente que lo que potencialmente iba a escuchar lo dañaría. Porque entre otras cosas, no tendríamos por qué creerle.

Así: ¿se puede ejercer el derecho de expresión bajo la constante restricción (o limitante) de “no dañar a otros”? Al revés: ¿Si ejerzo el derecho de participar en un debate de ideas, al hacerlo no estoy aceptando, tácitamente, que haya ideas que me resulten ofensivas, dolorosas o perjudiciales, etc.?

Dicho todo lo anterior, ¿por qué razón o razones se ha vuelto un lugar común este (falso) antagonismo entre libertad de expresión y daño? ¿Por qué ha adquirido relevancia pública este asunto de los “discursos de odio”? ¿Por qué se habla de la “cultura de la cancelación”?

¿Tiene algo que ver lo que está sucediendo con el creciente uso de lo políticamente correcto que se evidenció durante la segunda parte del siglo pasado?

En este episodio queremos hacer énfasis en el siguiente aspecto: las disputas por las palabras, las definiciones y los conceptos son una especie de conflicto político velado que tiene como epicentro la (im)posibilidad de construir una realidad intersubjetivamente compartida y validada.

LENGUAJE DE LOS BUENOS, PALABRAS DE LOS MALOS.

Hay, probablemente, muchas formas de enturbiar este asunto. Aquí presentamos dos. Primera, hablar sin la intención de escuchar. Segunda, negarse a escuchar con la intención de hablar. La polarización extrema ejemplifica lo primero, la cultura de la “cancelación” pone el foco en lo segundo. En un caso sólo hay conflicto, en el otro sólo adoctrinamiento. Veamos un poco este asunto.

La actual esfera pública está muy alejada de este mundo ideal o hipotético. El ir y venir de memes; las voces superpuestas en los chats; las letras de molde detrás de avatares con sus respectivas contestaciones, también, en molde; las entrevistas al estilo socrático; graf tendencioso y con horrores ortográficos, más un largo y tedioso etcétera podrán hacer sentir mal a algunas personas, pero de ninguna manera se puede relacionar con el asunto de dañar y salir dañado en la discusión pública.

La grieta (que los argentinos creemos que es nuestro patrimonio exclusivo) ilustra bastante bien este asunto. La grieta consiste en una forma mecánica de contestar a otro sin haberlo escuchado, es más hay un juego tácito de hablar para no ser escuchado. Y, por tanto, de reacción al otro. Pero este asunto es tan viejo como la polarización misma. Ilustremos el asunto.

Recientemente un cantante popular cuyo nombre artístico es El Dipy se hizo tendencia porque de alguna forma criticó a las culturas de izquierda. Como viene de sectores de bajos ingresos de forma inmediata recibió la etiqueta (marxista decimonónica, es decir, de Marx) de “desclasado”. El uso del concepto “desclasado” es retomado aquí por lo siguiente: hace un par de veranos un encumbrado dirigente de una coalición de izquierda fue “capturado visualmente” en un lujoso shopping del extranjero y para colmo de males con IPhone en mano. Pero la respuesta ante tal situación (la caracterizada por “socialista o revolucionario con Apple”) fue en preguntarse retóricamente que hay de malo en ser socialista y querer vivir bien. Con lo cual hay “desclasados” buenos y “desclasados” malos.

UN LENGUAJE PARA EVITAR EL SUFRIMIENTO.

Desde los moralistas franceses hasta la postguerra una dispersa, aunque muy significativa, literatura sobre la estupidez acordaba sobre un punto nodal: las personas lo soportan todo, menos que los llamen estúpidos. En ese registro: cualquiera soporta que le digan narigón, cabezón, chueco, bizco, cornudo, etc., el límite era que le dijeran “estúpido”. La estupidez era un punto de quiebre, un punto de no retorno. Quizá porque la “estupidez” representa un hueco en la naturaleza humana, ese lugar donde la razón se ahueca, ese lugar que no es locura, tampoco irracionalidad, es sólo estupidez. Letal y sólo reconocible en el otro.

En la actualidad, en cambio, nadie soporta nada. Aunque el precio a pagar resulte que todos nos hemos convertido en estúpidos. Los intentos por evitar denominar al café negro “café negro” quizá resulten ejemplificadores de ese oneroso precio.

Esta alegoría de la estupidez soltando a la estupidez es la forma que encontramos para introducir un tema verdaderamente relevante: la corrección política.

Además de la propia consideración sobre lo políticamente correcto como acto deliberadamente racionalista de evitar el daño, aparecen varios temas que no pueden dejarse de lado:

a. Tolerancia e intolerancia.

b. Indiferencia, cultura, hipocresía

c. Pasión, autenticidad y lo personal.

TIENES QUE PONERTE EN MIS ZAPATOS (UN LENGUAJE DEL SUFRIMIENTO).

Sólo quien está en la situación (padece, tiene, etc.) x puede (está habilitado) para hablar sobre x. Sólo quien es x se convierte en la voz autorizada para hablar sobre x. En el extremo: quién dice ser (estar, contener, habitar, etc.) x se convierte en la única voz para x.

El eje articular de esta parte puede expresarse mediante la metáfora de “ponte en mis zapatos”. El asunto es que si me pongo en tus zapatos ya no puedo ponerme en otros.

La metáfora va dirigida a lo siguiente: interpersonal, intersubjetivo, un mundo en común.

En este esquema cobra relevancia lo siguiente:

a. Testimonio vs conversación

b. Testimoniar como ajusticiar

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