En un país caben muchas ruinas

Por estos días donde la agenda pública parece estar atrapada en las colisiones que provocan los discursos revolucionarios, nada parece más oportuno que traer al ruedo una ingeniosa y profunda sentencia pronunciada por Adam Smith: hay una gran cantidad de ruinas en una nación – “here is a great deal of ruin in a nationCorrespondence of Adam Smith, Carta no. 221, nota 3, pág. 262, de la edición de Liberty Clasics, Indianápolis (IN), 1987-.

En Argentina cada generación piensa que ya no hay espacio para otra ruina. Sin embargo, tarde o temprano todos descubrimos que sí lo hay: pobreza, desempleo, exclusión, deterioro institucional, corrupción, recesión, inflación, más un largo etcétera. Vamos convirtiendo en discusiones eternas lo que en otros países han sido problemas públicos que las clases dirigentes supieron encaminar.  

En este sentido, nada ha producido mayor atraso cultural en nuestro país como el, por momentos, enigmático y, la mayoría de las veces, estéril debate Estado vs mercado. ¡La invocación a Adam Smith no es gratuita!

Más Estado (el arco que va, por decirlo de alguna manera, desde el campo nacional y popular hasta la izquierda revolucionaria) o más mercado (conservadores, liberales y libertarios) son -dicho con todo respeto- consignas revolucionarias hechas por tertulianos que nada tienen que ver con las responsabilidades que enfrentan los gobernantes cuando, como afirma Weber en el final de la Política como Vocación, tienen que blandir y lidiar con los duros palos de la política.

El debate señalado es una cuestión saldada. Quedó resuelta por una cuestión de mucho peso empírico: muchas investigaciones nos muestran que los votantes prefieren y, por tanto, votan promesas electorales pro-Estado. Esto es lo que termina desequilibrando la balanza en la democracia.

En general, los votantes prefieren los discursos políticos proteccionistas antes que los que proponen una organización económica basada en el libre mercado. En este sentido los electores hacen caso omiso a la abundante prueba empírica que muestra que son las organizaciones económicas orientadas al libre mercado las que más bienestar producen a largo plazo. Este asunto es retratado en la literatura mediante una irónica pregunta: ¿por qué los votantes prefieren y votan malas políticas (económicas)? Respuestas hay muchas (por ejemplo, ignorancia del votante) y ninguna muy alentadora.

Más aún, ni siquiera los economistas, esa comunidad epistémica etiquetada por los antineoliberales como “tecnocracia”, tienen una postura abrumadoramente pro-mercado. Diferentes estudios realizados en diferentes países como EE.UU., Canadá, Austria, Reino Unido, España y México muestran que, los economistas, mantienen un fuerte desacuerdo fáctico acerca de la apertura económica.

Así, la evidencia nos dice que, en democracia, es muy probable que los votantes se inclinen por políticas pro-Estado y que la comunidad epistémica mantenga desacuerdos fácticos sobre el asunto de más Estado o más mercado. En consecuencia, seguir discutiendo este asunto, y de la forma que venimos haciéndolo, es sumarle al país una ruina más.

El problema no está en más Estado o más mercado. La cuestión es que el Estado argentino no ha resuelto satisfactoriamente el garrote y por tanto no puede utilizar eficazmente sus múltiples y abundantes zanahorias. Abro la metáfora: el Estado argentino utiliza ineficaz e ineficientemente, cuando no erróneamente, su fuerza coercitiva y, al mismo tiempo, desperdicia el enorme menú de recompensas que tiene a su disposición.

El Estado argentino no ha resuelto satisfactoriamente el garrote y por tanto no puede utilizar eficazmente sus múltiples y abundantes zanahorias. Click To Tweet

Lo anterior cala en un lugar más profundo que la siempre vigente retórica sobre el mal funcionamiento de las instituciones encargadas de impartir justicia y de la creciente ineficiencia del gasto público. Este punto llega a la médula de nuestro problema: reformar el Estado, lo que significa reformar el diseño institucional de las organizaciones democráticas de gobierno.

Al respecto, nuestros argumentos públicos parecen morderse la cola: los cambios institucionales que necesitamos requieren de precondiciones que no tenemos. Esta paradoja de las precondiciones recorre como un hilo rojo las propuestas de las mal llamadas políticas de Estado, de los acuerdos nacionales, etc., que arrastramos desde hace por lo menos medio siglo.

Así como las democracias no nacen democráticas, sino que se construyen como tales en el tiempo, la reforma de Estado tiene que nacer de las actuales instancias institucionales, trabajando lentamente en sus condiciones de posibilidad. Y es ahí donde el debate sobre más Estado o más mercado no sólo se vuelve estéril, sino dañino porque hace que no veamos el debate principal: gobernar sobre todo, dejar hacer sobre todo.

En una democracia nunca hay consenso total respecto de qué es lo que se debe gobernar, y tampoco se tiene nunca la completa legitimidad para hacerlo; pero sí una democracia puede aspirar a gobernar bien (garrote y zanahoria incluidos) sobre unos pocos asuntos en los que sí tenemos acuerdos y sobre los cuales también poseemos legitimidad.

Los discursos revolucionarios se blanden en las tertulias (sean estas privadas o públicas) y logran, muchas veces, golpes certeros en la opinión pública, pero los demócratas redomados saben que la paradoja de las precondiciones se debe canalizar pacientemente en los actuales espacios institucionales. Colocar la reforma del Estado en el marco del ciclo de las políticas públicas es un trabajo arduo, que requiere perseverancia y compromiso, pero también, humildad.

¡Argentinos, a las cosas! como sentenció Ortega y Gasset.

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