Política, aislamiento social y respuesta tecnológica

Hasta hace pocas semanas Giorgio Agamben era, para las diferentes culturas de izquierda, un referente obligado en el campo de la biopolítica y del autoritarismo gamificado. Se podría criticar su obra y dialogar con sus textos, pero no dudar de su pertinente y adecuada ubicación en el campo político. ¡Estaba del lado correcto! Bastó que Agamben pusiera en duda la estrategia del aislamiento social masivo y obligatorio para que las culturas de izquierda lo defenestraran.

Lo que no queda claro es si el enojo con Agamben es por una supuesta terquedad para hacer encajar la realidad en su teoría, o porque su diagnóstico se parece al del presidente Trump, enemigo predilecto del progresismo.

En este escenario, e hilando fino, es posible analizar que lo de Agamben no tiene más valor que el del caso aislado mientras que, probablemente, generalizar sobre las culturas de izquierda sea una exageración. Sin embargo, el episodio tiene algo de ejemplificador.

Hasta el surgimiento del COVID-19, gran parte de los defensores de la democracia echaban espuma por la boca ante la utilización estatal de datos personales con inteligencia artificial (IA). Hoy, la vulneración de la privacidad digital y el cruce masivo de datos personales con algoritmos, constituyen -tomando en cuenta la experiencia asiática- el artefacto adecuado para garantizar el aislamiento social efectivo, o “cuarentena inteligente”.

Panamá, para tomar un país que no está a la vanguardia de la producción de IA, ilustra esto con creces: ha implementado dos bots para hacer frente a la pandemia. Uno se llama ROSA (Respuesta Operativa de Salud Automática) y permite a los ciudadanos interactuar con un bot médico preventivo que recoge datos personales (residencia e ID). ROSA hace una pre-evaluación y, en caso de ser necesario, le indica dónde debe ir la persona a realizar el test. Luego, aparece NICO (Notificación Individual de Caso Negativo Obtenido), que cierra el proceso de seguimiento individual.

¿Lo que ayer nos horrorizaba, hoy nos puede salvar? Con sus afirmaciones, Agamben se granjeó el calificativo de “ciego”, ya que no estaría dispuesto a comprender la pandemia como un caso diferente de lo que, en general, indaga en su teoría. Sus críticos parecen decirle ‘sabemos que el Estado avanza sobre las libertades individuales, pero al final de la pandemia volveremos a recuperarlas’. No obstante, ¿los que se horrorizan con Agamben no esquivan el bulto al principal problema?

La cuestión planteada por Agamben, y también por Trump, es que no sólo hay que responder a la pregunta de cómo debemos actuar, sino también cómo llegamos a describir y narrar la situación que nos conmina a actuar (aunque aquí Agamben, Trump y nosotros tengamos diferencias irreconciliables). Es en este plano donde los críticos de Agamben lo utilizan como chivo expiatorio, puesto que afirman que después de la pandemia volveremos a recuperar las libertades perdidas.

No es suficiente denostar el argumento de Agamben diciéndole que lo del COVID-19 tiene poco que ver con la evolución del autoritarismo gamificado. Es probable que, tras la pandemia, se recuperen las libertades perdidas, pero también cabe la posibilidad de que sea naïve pensar así. Ahora bien. Todo lo anterior no es suficiente para acorralar a Agamben. Es más, aun acordando con sus críticos en que la argumentación de aquél resulta insuficiente, el asunto es más de fondo. ¿Lo que hacemos actualmente no depende, acaso, de cómo hemos llegado a pensar que la violación masiva de la libertad individual es una salida adecuada? Y para que no queden dudas: el concepto de aislamiento social es una metáfora para evitar la palabra trazabilidad ciudadana.

En efecto, ¿no es acaso el gran paraguas de la IA el que nos ha llevado a pensar que la única salida eficaz y eficiente para luchar con la pandemia es el aislamiento social? La pregunta lleva implícita una afirmación: la IA es una entidad real porque produce efectos en la realidad. Esto es, rodeo mediante, lo que veremos a continuación.

¿Qué es la realidad? ¿Qué es lo real? Platón ya se había preguntado si la realidad es una copia de nuestra capacidad de conocer a priori. Desde entonces, hay batallas sin reconciliaciones. El epistemólogo canadiense Ian Hacking sostiene un “realismo de entidades”, opuesto a gran parte de la tradición imperante en el siglo XX. Hacking pone el acento en hacer algo con la realidad en vez de representarla. Diferenciándose del “realismo de teorías”, sostiene que lo importante para la ciencia son los efectos sobre la realidad, antes que el recelo por la correspondencia entre las hipótesis y la realidad (natural o social).

Esta postura le permite afirmar que entidades que no son observables, como el electrón o la caja negra de los algoritmos (que, además, son inescrutables), son reales porque producen efectos al realizar experimentos. Sin embargo, el “realismo de entidades” puede dar un paso más: puede afirmar que creemos en la realidad de una entidad por lo que hacemos cuando intervenimos con los experimentos y determinamos sus efectos, incluso si dos o más modelos distintos la definen de maneras diversas en el marco de conjuntos de hipótesis inconmensurables. 

Todo lo anterior Hacking lo propone, particularmente, para las ciencias naturales, aunque el autor también piensa en las entidades sobre las que producen conocimiento las ciencias sociales. Su postura recibe el nombre de nominalismo dinámico, debido a que los conceptos que utilizamos interactúan con los objetos y, así, cambian en el tiempo.

Un ejemplo que ilustra esto es que la persona clasificada como loca o esquizofrénica interactúa con su clasificación. Esta es, según Hacking, la principal diferencia entre las ciencias sociales y las ciencias naturales. Mientras que en estas últimas no hay interacción entre el concepto y el objeto clasificado por el primero, sí la hay entre los objetos clasificados en la sociedad y las palabras que utilizamos. El punto podría resumirse afirmando que el plutonio nunca sabe lo que decimos de él, mientras que nosotros sí podríamos ser conscientes de que estamos siendo clasificados algorítmicamente con ciertas etiquetas digitales.

Los datos masivos y la IA se utilizan tanto con humanos como para intervenir sobre el mundo natural, animado e inanimado. Y es en ese intervenir, en ese hacer, que puede pensarse que está habiendo una “hibridación” en métodos, técnicas y herramientas, en ambos tipos de ciencias que hacen algo con la realidad.

Se trata de una “hibridación” con impactos en el funcionamiento de la maquinaria científica. Un procedimiento simbólico que permite anteponer la predicción a la explicación, a diferencia de lo que se suponía tradicionalmente: que para poder predecir tenía que haber modelos explicativos previos basados en teorías sólidas, confiables y contrastadas empíricamente.

Pero es mucho más que eso porque los científicos de datos, en particular con la IA, buscan producir efectos, tanto en el ámbito natural como en el social, y anticiparse a los acontecimientos a partir de la recolección de inmensa cantidad de datos que los dispositivos digitales almacenan. Así, podría pensarse que los científicos de datos más que observar, lo que están haciendo es intervenir suponiendo la existencia de una gran cantidad de entidades. Incluso, muchas veces ni siquiera saben con certeza cuáles son los presupuestos de sus aseveraciones porque tal vez eso ya no haga falta en la perspectiva de las nuevas disciplinas.

Entonces, cabe inferir, no sin cierta acritud, que quizá, los seres humanos de hoy nos parezcamos al plutonio que no sabe que ha sido cambiado de etiqueta o de clasificación.

Las máquinas -junto con los humanos- más que observar y representar, lo que producen son efectos. Entre otras cosas, quizá lo que mostraron Boyle y los experimentadores de la bomba de vacío en la conflictiva Inglaterra de mediados del siglo XVII es que el experimento es un hacer donde los observadores se atienen, impersonalmente, a los datos y confirman la existencia de las entidades a partir de sus efectos y donde, intersubjetivamente y mediante el debate, llegan a acuerdos. Hoy, con la tecnología se produce una cantidad de información y artefactos impensables para Boyle, en el marco de una pandemia que muestra cómo la biología está acelerando la digitalización del mundo aquél asunto adquiere otra relevancia, también otra escala.

Como el Golem -aquel ser mitológico medieval sobre el que Jorge Luis Borges escribió un memorable poema- la IA despierta preguntas profundas sobre la técnica, las narraciones y la vida. Tan es así que Marvin Minsky, uno de los padres de la IA, presentó en su libro The Society of Mind (1987) una pregunta retórica de alcances devastadores: “¿Cuál es el truco mágico que nos hace inteligentes? El truco es que no hay truco. El poder de la inteligencia emana de nuestra vasta diversidad, no de un único y perfecto principio”.

Este asunto encastra muy bien con la potente figura que utiliza la revista The Economist el 28 de marzo: una persona con barbijo sujeta, correa mediante, a una mascota con barbijo, mientras es sujetada, correa mediante, por otra entidad, presumiblemente humana. Aunque, apelando nuevamente a otra frase célebre de Minsky, tal vez no sea tan humana.

Aún más. Nunca como antes se estaría mostrando, como diría Bruno Latour, que la política, la ciencia y la tecnología son inseparables. Por ello, no habría que descartar fácilmente la idea de que llegamos a la utilización de la trazabilidad ciudadana como única herramienta eficaz y eficiente para luchar contra una pandemia sólo porque entidades reales como la IA generan efectos. Así, detrás del enojo de las culturas de izquierda con Agamben, hay un cúmulo de prejuicios sobre lo que es políticamente correcto, pero también hay una negación a enfrentar lo siguiente:

¿Somos nosotros los que hemos decidido utilizar los artefactos de IA para combatir la pandemia? ¿O son los efectos de la IA los que nos han acorralado a usarla contra la pandemia?

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